LA ENFERMEDAD DEL MAÑANA

Testimonios

RENÉ ZUBIETA @renezp Redacción online
Mienten, disminuyen sus notas en los estudios, faltan a clases o luego de ellas se quedan horas y horas frente a la computadora –sea en casa o una cabina de Internet-, roban, se aíslan, empiezan a descuidar su higiene, alimentación y responsabilidades mientras se sumergen en aquello que ven muchas veces como una distracción o como un refugio ante los conflictos familiares, ante la soledad y esa ruptura de la comunicación familia

COMENZÓ CON UN “TE RETO”

Los videojuegos en Nintendo o Play Station llamaron la atención de Joel (19) a los 12 años; pero fueron los juegos en red –principalmente de estrategia porque le gustaba competir con otras personas- los que lo aprisionaron desde la secundaria. Ahí conoció a los famosos “Rakion”, “Gun Bound” y “Wolf Team” gracias al incentivo de un amigo. “‘Qué tal si vamos a una cabina de Internet y te reto’ […] Y yo me acuerdo que me ganó; pero yo me quedé con esa iniciativa. Oye, me ganó; pero por qué, si yo le puedo ganar. A la segunda vez que fui, no me quedé atrás. Pude agarrar un poco más de ventaja y le gané. Yo me acuerdo que ese juego se llamaba ‘Counter Strike’”, recuerda el joven en diálogo con elcomercio.pe. Así empezó su camino llegando a jugar más de cinco horas por día y hasta desvelándose. Como no tenía Internet en casa –“felizmente”-, iba a la de su primo adueñándose prácticamente de su computadora. Y aunque asegura que nunca cogió dinero ajeno para lo que se convirtió en su vicio, confiesa que sí se sentía frustrado cuando no tenía recursos para ir a una cabina pública. “Por ejemplo, saliendo del colegio, tenía que ir a almorzar a casa y no iba. Mi mamá se preocupaba, me llamaba al celular, yo lo apagaba. Llegaba a mentir. Decía ‘sí, estoy en el colegio, estoy en la biblioteca, haciendo unos trabajos’ cuando estaba metido jugando un juego en red, porque estaba en un concurso”, añade. Justamente, ganaba competencias y de ahí obtenía dinero. Pero a los 15 años se empezó a dar cuenta de que algo andaba mal y “a iniciativa propia” buscó ayuda. Hoy, Joel lleva dos meses de tratamiento ambulatorio en el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado – Hideyo Noguchi, en donde dice sentirse bien y consciente de que tiene que abocarse más a su progreso como persona. Es más, el joven que trabajó como barman y estudia inglés confiesa: “Hace ya más de seis meses que no juego”.


“ME SENTÍA SOLO”

La historia de Eduardo (18) es algo similar. Los juegos en red le gustaron luego de acompañar a un amigo a jugar y desde entonces se empezó a sentir a gusto en ese “otro mundo”. Aunque hay un trascendental ingrediente más: “Comencé, porque me sentía un poco solo y ahí encontré como otro mundo. Me pareció divertido y comencé a preguntar, y me gustó”. Por entonces, a los 13 años, él había dejado de vivir con sus padres y fue recibido en la casa de sus tíos. Se alejó también de sus dos hermanos. Comenzó jugando dos horas y media en promedio; pero tres años más tarde se pasaba hasta 10 horas diarias en las cabinas. “A veces, como estaba en el colegio, les mentía, como que los manipulaba. Les decía tengo que pagar tal (cosa). O a veces me prestaba de amigos. O en el colegio, como yo era bueno en cartas, jugábamos casino y hacíamos apuestas, y ganaba. De ahí salía para financiar mis juegos, para ir a Internet”, señala. Fue hasta el año pasado que continuó con esa rutina, dejando la academia en donde se preparaba para la universidad y luego sus estudios de ensamblaje de computadoras. Pero uno de esos días, tras una larga conversación con su tía, empezó el camino del cambio. Se trata en el mismo nosocomio que Joel desde hace 6 meses, tiempo en el que ya no ha vuelto a jugar. “Sí, he cambiado. Me he dado cuenta que estando limpio puede hacer uno muchas cosas, porque antes yo me limitaba solo al juego, a almorzar y a dormir. Puedo hacer muchas cosas. He estado en natación, en fútbol, leo, juego con mis primos, converso, infinidad de cosas que hago”, dice entusiasta advirtiendo que dejó atrás su introversión y que ha recuperado confianza en sí mismo.


Ni en sueños se le pierde el "smartphone" y hasta al baño se lo lleva

Llega a un restaurante con su novia para compartir con unos amigos y conocidos. Chacharea un rato, prueba de la picadera que se ha ordenado, liba una copa del delicioso vino. No han transcurrido ni 20 minutos, cuando fija su vista en su smartphone, que descansa sobre la mesa. Lo toma entre sus manos y zambulle su rostro en la pantalla. No despega más la vista. Sus dedos, con agilidad, se mueven como pez en el agua. No vuelve a cruzar palabra. Juan (nombre ficticio) acepta ser un adicto a las redes sociales, pero expone que no le interesa para nada tratar de deshabituarse de esa adicción. Por el contrario, le divierte y entretiene y hasta ahora, no reconoce que pudiera tener consecuencias adversas. Juan no suelta su smartphone ni cuando va al baño, ni cuando se ducha